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El pozo

Donde se caen las columnas.

Tarde

Creí durante mucho tiempo que el café que le servía se depositaba en las bolsas que llevaba bajo los ojos. Las mismas ojeras que las mías.

Dos cosas recuerdo de mi padre cuando le reivindico. La primera, es un recuerdo de verdad. La segunda, creo que me la he imaginado.

Cada noche, mi padre esperaba que mi hermana se durmiera para chistar en el umbral de la puerta de nuestro dormitorio.

-Tss Tss. Dale, Muchina, antes de que tu madre nos vea- susurraba mientras se acomodaba el abrigo y pescaba las llaves del auto en uno de los bolsillos enormes.

Yo comía más galletitas en el camino de vuelta a casa que las que efectivamente llevaba como merienda al otro día. La merienda era la excusa. De los quince minutos de viaje hasta el kiosco de algún tío que nunca era hijo de mi abuela, no logro recuperar una sola charla, sino frases salteadas que me conducían de un sitio a otro sin razones. En cambio, sí recuerdo su brazo gordo, extendido y suplicante con la taza de plástico vacía, y mis dos brazos color tiza alzando el termo y sirviendo el chorro de café negro. También sé la sensación del azúcar en las manos, granos blancos que se acumulaban por mi torpeza en el asiento de la chata (camioneta pick up para toda la familia en lunfardo cordobés). Creí durante mucho tiempo que el café que le servía se depositaba en las bolsas que llevaba bajo los ojos. Las mismas ojeras que las mías.

-Dame una galletita, nena, de las rellenas.

Es diabético. Todo lo que hay en mi memoria de su enfermedad son litros de agua y postres massinis de bar, envueltos como la pizza, para que mi madre no lo descubriera.

Ahora lo sueño tarde, siempre de noche, con la campera de cuero negra con ribetes grises. Me despierto cansada, aturdida porque lo sigo en una peatonal de Córdoba y le hablo y no contesta. La misma sensación de las siete menos cuarto, antes de ir a la escuela o la facultad. Conservo el sueño y la fascinación por la noche como herencia de una infancia demasiado cansada para mis ocho años.

-Vamos al cine y después a tomar un café. Si terminamos temprano, nos pegamos una vuelta por el Santa Catalina y después vemos qué onda, porque tocan unas bandas y hay una fiesta cerca de tu casa y…-. Mi amiga explica el circuito entre pii y pii del teléfono público de la galería donde trabaja.

Siempre abundan los planes por las noches. En realidad, parece correcto, porque pienso mejor apenas se oculta el sol o en las incubadoras donde nunca es de día ni de noche. Pero ayer disfruté, más que de la compañía de otros, de la imagen de las patas de una mesa sumergida en hojas de álamos y la lluvia que barnizaba las mesas herrumbradas. Las lámparas de tungsteno las teñían de color Montevideo. La ciudad de los callejones que no existen y de casi todos los defectos emocionales que se pueden padecer. Sobre todo de noche.

Antes de volver a casa descubro que el legado de mi padre es tan precario como mi seguridad en la noche. Espero ansiosa no morirme en una esquina sin sol. En el fondo, le creo al escritor que vende sus cuentos en los ómnibus: aquel que no tiene padrino, muere infiel.

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Comentarios

  1. Tantas noches, tantos bares, tantos plan Z, de tanto en tanto en la noche te encontras con tanto y te vas con tanto o tan poco..tanto, que a veces no hay nada mejor que volverte caminando y cuando es un buen tanto te venis por la vereda del sol...shining con el glamour de la noche anterior.

    Comentario de Mirna Mynkof hace 3 años y 36 meses

  2. la autoestima a la medida de la pollera nueva, las piernas frías y el par de medias de "laino" negras en el bolso (para no parecer tan trasnochada)
    mucha gente que te mira y se muere por darte consejos de libro de autoayuda
    no puedo parar de reírme, entendés?

    Comentario de je. hace 3 años y 36 meses


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