El otro lado
Walter decidió que le sobraban mentiras y se fue a confirmar si el paisaje que lucía el cartel de Montreal en la base de la fotografía, era el verdaderoLa madre tenía un cuadrito de Montreal más parecido a una postal que a una obra de arte. El hijo no sabía cuándo llegó a la casa, pero recordaba que fue de parte de un pariente que vivía lejos. No sabe si residía en Canadá o en algún sitio feo que no merecía la pena lucir con la familia. Walter decidió que le sobraban mentiras y se fue a confirmar si el paisaje que lucía el cartel de Montreal en la base de la fotografía, era el verdadero.
Tomó la bicicleta y recorrió 90 mil kilómetros para chequear que su primo ostentoso no les había mentido a él o a su pobre madre, aprovechando que ninguno había salido de Treinta y Tres ni para ir hasta Rivera. El viaje empezó en 1987, siete años después de que compró la bicicleta sin cambios, parrilla, ojos de gato o bocina.
Walter hizo tres cosas para las que nunca tendré tanta determinación. Uno. Se convirtió en un deportista por más de dos años sin exponerse a la obscenidad de los espejos de los gimnasios y la música de película pornográfica. Dos. Viajó solo, sin anunciarlo más que a mamá y al jefe, para hacer amigos, un par de novias y sin cámara fotográfica. Tres. En el camino se convirtió en cantante porque no le quedó otro remedio que inventarse una profesión y vendió 7000 discos en Méjico. Como le fue “bien”, así describe su periplo, se quedó tres años en la capital mejicana.
Lloro con Forrest Gump. Supongo que me conmueve más que la ternura la verosimilitud de esos personajes ultra caracterizados. Antes de conocer a Walter, no me parecía posible que alguien, sin un evidente retardo, se convirtiera en el protagonista de semejante gesta sin un propósito. La antítesis del camino. Él me ayudó a confiar con un poco más de fuerza en algo que ya me habían dicho: el mundo es de los valientes, y a desconfiar de los bravos que se autoproclaman así sólo porque cumplen su trabajo todos los días.
El loco de la bicicleta vende postre chajá en una plaza y unas poesías seriadas que firma convencido del valor que le agrega a la fotocopia su puño y letra. Mientras transcribo su entrevista, el personaje se revela más satisfecho que casi todos los periodistas y amigos que me rodean. Más pobre, menos instruído, pero mucho más feliz. Y entiendo por qué lloro. Porque me parece un terrible descubrimiento.
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