Silencio, hospital
La única tentación oral que conservo desde niña es la de decir algo prohibido en la situación más inesperada, en el peor contexto y sin ninguna evidencia para exponer esa elocución en público.Entendí en el colegio secundario el nominalismo de Ockam. Hoy haré una versión libre de su teoría. El mal está más cerca de la palabra que de un universal. Apenas nombrarlo se aparece. Muy en contra de lo que asegura la balada, es el odio lo que nos rodea.
La única tentación oral que conservo desde niña es la de decir algo prohibido en la situación más inesperada, en el peor contexto y sin ninguna evidencia para exponer esa elocución en público. Disfruto el vértigo de las montañas rusas gracias a la fantasía del horror ajeno. El de casi toda la gente que anda por ahí: acostumbrada a callar secretos muy poco importantes e insultos imprescindibles.
El nudo lo siento al punto de haberme ido alguna vez de una fiesta por un rato. Para recuperar la saliva – los nervios me secan la boca, nublan la vista, aceleran los latidos y provocan náuseas y comezón- y gritar la desgracia de tener que callar y arruinar una verdadera fiesta de la palabra. Un intercambio consensuado, urgente y sin rencores. Casi epistolar.
Si mis parientes pequeños se entretienen con los viejos haciendo largas listas de insultos y hasta ordenándolos alfabéticamente, por qué un grupo de adultos no se atrevería a improvisar el milagro de decirlo todo, en especial tomando en consideración el No ofense, bro, que impidió la muerte de tanto protagonista de película del Bronx.
Pero después de entrar en la noria sólo resta girar para perder el equilibrio, ganar en entropía y, fundamentalmente, continuar la lógica del improperio. Por ejemplo, cuando la grosería sobra a los libre habladores que esgrimen su derecho a hablar por encima del de los otros a tolerarlos.
Es impostergable: a menudo no hay mejor recurso disponible para cambiar el mundo que el insulto bien dirigido. Pero casi nunca pasa al caso particular, que tanto fascinaba a Ockam. La puta tolerancia lo impide.
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