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El pozo

Donde se caen las columnas.

Placer

La sonrisa llena de dientes redondos y brillantes, recién cambiados por los de leche. El perfil y la espalda de los ángeles, pensé.

Estaba entretenida con el rebote de la luz gris sobre la camioneta escolar. Disfruto la combinación del amarillo rabioso superpuesto a la podredumbre de los comercios y la fauna de la Avenida Gral. Flores. Me acompañaban en la parada un cantante ambulante rengo y un vendedor tartamudo que ofrecía pastillas fosforescentes y pilas alcalinas.

Dentro de la camioneta la niña hablaba a un compañero invisible. Llevaba el pelo recogido en una media cola que dejaba caer la mata desordenada y rubia sobre los hombros. La sonrisa llena de dientes redondos y brillantes, recién cambiados por los de leche. El perfil y la espalda de los ángeles, pensé. Qué bueno verla esta tarde. Antes del diario. Después de una caminata absurda.

La quiero llamar Irene. Para no decirle niña o nena y para que se entienda un poco mejor la intimidad no correspondida de un instante. Irene me miraba y no me veía. Los ojos desteñidos conservaban el color lavanda de los jabones artesanales. La túnica encandilaba de blanca. La moña azul lucía gorda. Los ojos inundados por las cataratas. Hablaba incansablemente. Quizá compartía su soliloquio con el niño que le da la espalda (¿quien habla solo, espera hablar a Dios un día?). Pero Irene no necesita que la miren para chequear la atención de su interlocutor, y su conversación se dispersó rápidamente. La mirada se clavó en la ventana.

El traslado de emociones ajenas es ridículo. Se lo reprocho constantemente a mi madre cuando sufre por las desgracias de mis amigos. Pero no es una desviación maternal. yo también estuve tentada de convertir ese episodio en una tragedia que su propia víctima – en eso iba a condenar a Irene en mi memoria- no compartía. Al menos en esos segundos.

Decidí que aquella imagen me iba a ayudar temporalmente a descubrir el placer de otros más allá de mis parámetros y a matizar la estúpida inclinación a convertir una sensación fugaz, y mía, en un estado de ánimo omnipresente. Lo confirmé al mismo tiempo que descubrí la ceguera de Irene, cuando se colocaba los lentes negros en punta, muy parecidos a los de Cruela de Ville. Sonreía satisfecha. “El placer de evitar el resplandor…”, escribí en mi lista de placeres cautivos.

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Comentarios

  1. La verdad es que me encantó, salado... el placer de evitar el resplandor...lo que evoca esa frase luego de leer esto...es muy fuerte...los placeres...se encuentran en uno,...no afuera no???

    Comentario de Mirna Mynkof hace 3 años y 37 meses


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