La mala educación
Marina - 28-07-2005 02:38:35 | Categoria: Penal de libertad
La propia esencia de la institución de la que Parmly forma parte, se funda sobre una premisa que descubre la identidad cautiva del militar: perros que necesitan de continuos entrenamientos para aprehender habilidades ajenas a su especieHay una escuela en Estados Unidos que enseña a los militares a aguzar su sensibilidad. No la auditiva o táctil, sino la que, a medida que los constriñe nuevamente a la disciplina, los humaniza. Michael Parmly, un diplomático que viaja para compartir su sabiduría política, explica que la doctrina que imparte se basa en una especie de sistema binario, redundante y fútil: las cuestiones militares no son las únicas a tener en cuenta. Su aseveración retoma un precepto que se desprende, para la mayoría, del sentido común.
Sin embargo, la propia esencia de la institución de la que Parmly forma parte, se funda sobre una premisa que descubre la identidad cautiva del militar: perros que necesitan de continuos entrenamientos para aprehender habilidades ajenas a su especie. La analogía los convierte al estatuto de animales o al de hombres a los que se aplica una nueva lógica.
A los efectos del análisis de su conducta en Irak, por ejemplo, esta categoría humana cercana a la canina es sustantiva. La única explicación posible para las violaciones execrables de las tropas en el antiguo dominio de Sadam Hussein, es la animalización o la minimización de la humanidad de los victimarios.
Las imágenes con iraquíes estrangulados con una correa de perros (qué oportuna la fotografía) se publicaron como postales del turismo del terror que fascinó a parte de las brigadas anti terrorismo de Bush. El profesor Parmly también fue director de la división Democracia y Derechos Humanos del departamento de Estado pero, para referirse a los escándalos que protagonizan sus estudiantes en Irak, Colombia o Venezuela, de distinta índole y composición, sólo logra responder: “Los Estados Unidos somos lo que somos. Siempre hay errores que corregir”. Entre líneas, tanto el lector avezado como el más confiado y obediente descubren el derecho tácito de la potencia política y militar de intervenir en los asuntos de otros. Así de simple. Su sola injerencia se justifica con el argumento de la defensa.
Parmly entiende que el refuerzo de la moralidad pasa por enseñar lo que es bueno o, al menos, subestima la necesidad de enseñar lo que es malo. Porque el caso England, la soldado que protagoniza las fotos de la tortura, perjudica y duele, en primera instancia, a los militares, al tiempo que “daña la imagen y la profesionalidad de la institución”.
La reducción de los adultos a párvulos condenados a la ignominia también es una estrategia utilitaria. Como lavarse la cara por las mañanas, sanear la imagen de una empresa, o vanagloriarse de la propia bonomía. En virtud de uno de los argumentos más trillados de los últimos diez años, Parmly configura su discurso en el contexto de una globalización que le permite a Estados Unidos intervenir en regímenes extranjeros sin firmar el estatuto de Roma por el que los crímenes de Estado podrían ser juzgados en la Corte Penal Internacional (CPI). El mecanismo de las contradicciones de los vecinos norteamericanos es uno que las reproduce a velocidad celular. Basta pensarlas y surgen nuevas paradojas.
Pero el docente nunca habla de perros o de entrenamientos. Nada de eso. La metáfora es útil para referir al tipo de dinámica pedagógica que utiliza Parmly con sus alumnos. El docente explica que la barbarie que hay que corregir es la sensibilidad política y social de la que adolecen los militares cuando están fuera de casa.
Cualquier método es una interpretación de la realidad. La aproximación de Parmly y aliados al verdadero esquema de acción de las tropas estadounidenses en el exterior se aleja de la realidad un poco más todavía y se presenta como episteme. Que no es la mía, por cierto.
Comentarios (0) - Referencias (0)